La Historia de Mendez y sus amigos
Transcurría el año 1997 y los semblantes parecían dar un resumen de lo que fue ese año: interminable. Salustiano Mendez, quien de su trabajo arduo no reponía, sentía que sus brazos apenas ejercían la fuerza suficiente para poder levantarse de su cama. Su desaliento y lasitud hacían juego con su forma de vestir tanto así como de día y como en sus sueños. En ellos vestía zaparrastroso -agujeros en sus zapatos, su clásica bufanda con matices rojos desgarrados- y siempre llevaba una hoja de charadas y acertijos. Si fuera por el -lo sé, porque lo sé, escaparía por la puerta de adelante.
Y en verdad lo sé porque soy casi su compadre, uno de esos compadres que apenas bien me adelanto hacia su hall de casa, un abrazo me llega como impávido, bravo, intrépido. Pero no es lo que busca ésta vez. No sólo no corre hacía la puerta para poder escapar de donde está, síno que fija como meta colocar uno de esos discos de vinilo que con tan poco cuidado lleva en una mochila (que recién percato que la lleva) además de su hojita con las charadas, y su bufanda roja desgarrada, y un sólo zapato..con otro pie descalzo. Coloca ese disco sobre una mesa alta, si me encontrara yo ahí, donde está mi amigo, mi compadre, mi hermano Mendez, por momentos lo miraría desde abajo, por debajo de esa mesa que ya sería un techo, mi nueva casa, mi hogar. Pero no estoy, él sí, ahí está. Quizás pensaba en reproducirlo, pero ¿quién lo oiría?
Al menos, en esta vez -sólo esta- se encontraba sólo. Y así, de solo estar la música empieza. Con esa lacónica tonada nostálgica, de sólo pensarlo, me hace recordar a... sí, ese tango, Oblivion de Piazzolla. Conozco las partituras, y esas vibraciones. Un tango tan exquisito, que no me daba por sabido que mi hermano Méndez lo conocía. Le veo una lágrima sobre su mejilla izquierda, y tan insaciable, ansioso siempre indiferente al futuro, Méndez ojea ese papel, arrugado, marcado por la transpiración de sus manos, dividido el papel -ya gris- como si fuera una camisa a cuadros. Lee sus letras finas escritas en mayúsculas en voz alta:
--"¿Quién te lee Compadre Salustiano?"
Tu primer reflejo amigo compadre: susto. Hiciste temblar mi mundo. Yo sólo observaba, no lo palpaba, lo oía, no lo sentía, ¡más todavía! Pensaba y sabía lo que el: lo que vos compadre. Lo que ibas a hacer, quién eras. Se me hizo suficiente el hecho de entenderte pero aquí mi mundo se cae, y sí yo caigo, vos venís conmigo, a lo mejor te caes vos, y me derrumbo. Quién te lee compadre, amigo, hermano. A lo mejor un vos es yo. A lo mejor es tu sueño. Y por ahí soy tu cansancio hermano amigo. Tus huesos te deben una calma, tus nervios un receso, tu cabeza una pausa. Yo te leo, te veo. Sé de tu soledad. Siempre pienso que tu mente amigo -¿la mía?- es un papel arrugado con preguntas. Soy tu sueño, soy tu soledad. Me conozco. Soy vos despertando: te dormiste. Me dormí. Desperté.
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