La Muerte Ocultada
Había algo en Daniel Aristóbulos que sobresalía sobre el
común del gentío de un pueblo perdido en el Chaco, su mirada. Penetrante como
ninguna, esto hacia resaltar su condición. Pues claro como se sabía Aristóbulos
no tenía que hacer otra cosa más que anotar en su pequeña agenda un sinfín de
cosas que le sucedían, antes de pernotar.
Pues en otrora Aristóbulo era un hombre esbelto, de una altura
rescatable entre la densidad: un oblongo. Vestía crudo, siempre con pantalones
un tanto deteriorados por sus andanzas pero, pues si debemos hablar de su afán
por el caminar, diremos que en eso era algo que hacía con cierta recurrencia,
tanto que luego le costaría esta historia.
Si de una certeza debemos hablar es que el gran Aristóbulos
tenía una condición que no le impedía durante el día ser quien fue en la anterioridad ,
pero que hoy le impedía recordar el ayer. Su amnesia temporal le impedía luego
de una noche de sueño, recordar el día que ya había vivido. Solo algo lo podía
salvar de pasar malos momentos, y eso era su pequeña agenda, puesto que ese
infausto accidente en el ’56 le había quitado su memoria. Tendría que narrar su día para que en la mañana,
consultara en ella cómo había sido su dia anterior. Magnífico era ver como se desenvolvía en la desventura aquel hombre de tan solo una treintena de años,
que antes de aquel accidente, ya estaba lindante a sus ojos un plan de vida que
constaba de casarse y tener hijos con una dama que lo merezca. No fue hasta el
primero de Marzo del '61, que llevaría una vida casi como el hubiera que fuera,
pues a pesar de entender su situación, salia de su dificultad airoso.
“29 DE ENERO: Mañana
asistir al festín de Juan Aristóbulos & Sra. Llevar flores para su esposa
calle de las Independecias 25, 22hs. (…)”
Cuando ya había repasado en su pequeña agenda paso a paso lo
que haría esa noche, se dirigió pues al agasajo del matrimonio de su hermano.
En el camino, una decisión cambio el rumbo de su ya tan tajeada vida, detenerse en aquella florería de la calle
paralela a su destino, donde vivía la señora Rocenda. Cuando vio lo que vio no hizo
más que replegarse. En ese momento regía el susto por ver a la señora Rocenda yacía en el piso muerta por un hombre el cual
Aristóbulo no vio con claridad.
El miedo hizo que durante calles Aristobulo
corriera seguido por los pasos apurados de un hombre oscuro. Aristóbulos cayó
en a tan solo metros. Su físico presentaba cierto cansacio y raspones
por la caída de la intensa carrera, mas el inextricable episodio que acababa de
presenciar. Es cierto que la noche fue perfecta para ese hombre oscuro, que a
pasos se acercaba al caído y maltrecho Aristóbulos. El hombre oscuro nunca se
saco su sombrero, y mantenía una figura que daba temor por no ser presenciable
su rostro. Un sobretodo y una bufanda, protegían del frío a aquel hombre que
habíaa dado con su victima –doña Rocenda- hacia momentos, y que inesperado fue
la presencia de Aristóbulos. No dilaceró
momentos, fue breve, y riguroso.
«Sé quien
eres Aristóbulos, y sé qué es lo que te sucede. Me atreveré a decir que he de
tomarme la libertad de librarte de tu agenda, solo para que creas que fue solo una
pesadilla que habrás creído tener»
Tan rápido como lo dijo, el hombre metió la mano en el bolsillo de
un confundido y silenciado Aristóbulos, que no puedo ni siquiera mascullar por
la sequedad de su garganta. Miraba aturdido y atónito a este hombre que le robó
su agenda, para luego en una hoja limpia y blanca escribir: «FUI YO».
Un solo golpe en la cabeza de Aristóbulos bastó para noquearlo, y
dejarlo desmayado en medio de la calle.
La mañana diáfana, lo encontraria tendido confundido y con
hinchazón en su rostro, pues algo había sucedido la noche anterior que el no
recordaba. Rápido recurrio a su agenda y se encontraó una nota que lo asustó. Más fue su susto,
cuando se entero que habían asesinado a doña Rocenda.
Arístobulo creyó ser el asesino, y pensó que lo mejor fue romper
esa hoja, y esperar a que pase otro día. Ahora se centraría en mentirse a sí mismo,
para olvidar que es asesino.
Pero esa ya es otra historia.

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